Esa clausura.Esa clausura a nosotros nos causó varias preguntas. ¿Qué es lo inclausurable? Tal vez lo inclausurable son los encuentros en los que el intercambio no está de ningún modo regulado por parámetros externos.
Otra pregunta es: ¿Qué valor tiene para un espacio la invisibilidad? Pareciera que permite constituirse con lógicas más libres. ¿Qué virtudes tiene la invisibilidad? ¿Hay manera de abrir invisibilidades en un medio ambiente donde pareciera que es la imagen la que funda existencia?
Y más: ¿Puede un espacio ser público y a la vez invisible? ¿Sigue siendo público el espacio que para ser público necesita ser clandestino?
Porque hoy lo clandestino tiene un estatuto distinto que su figura clásica, aquella ligada a la función de ocultar algo prohibido o peligroso para el sistema dominante. Hoy, en cambio, lo clandestino sirve para preservar espacios con parámetros autónomos que resultan -como toda vida que se autoinstituye- no tanto peligrosos como atractivos para la mercantilización. Clandestinidad como sustracción a ciertos flujos (de dinero, de gente, de objetos de consumo, de cada uno de nosotros como proyecto personal, de marketing, de estupidez, de imágenes de vida hechas, etcétera).
Normalmente hay que desearVeamos una imagen. Los jóvenes de los suburbios parisinos que el año pasado tomaron las calles incendiando centenares de autos, fueron interpelados por un periodista que, gallego, les preguntó: “¿Por qué lo quemáis todo?” Ellos contestaron: “…quemar para ver cómo se convierte en humo esta mercancía por la cual hay que esforzarse y que 'normalmente' hay que desear, consumir y acumular.” Es decir que ellos también se sustrajeron de ciertos flujos, flujos de criterios de valor, flujos de imágenes de vida, pero iban un paso más allá: en lugar de protegerse en el anonimato y la invisibilidad, hicieron fogosamente visible esa sustracción.
Nada más precario que la abundanciaDemás está decir que la mera presencia de la plata no es maldad. Como dice Solari, en ciertas cosas el diablo siempre es neutral. Pero cuando de recurso pasa a convertirse en lógica de sentido, ya no la ganamos sino que nos gana a nosotros, fichas de su inercia obvia de reproducción máxima.
Pareciera que en ciertas condiciones la percepción de que en el entorno hay plata reorienta los actos hacia su consecución. Los precios del supermercado fuerzan no sólo a ganar más dinero para mantener la supervivencia, sino que estampan la cercanía del capital: anda rondando, ilusionando nuestras desazones con una solución numérica. Pervierte el por qué de cada movimiento, coloniza el valor de los valores. Modula en función suyo la perspectiva de cada acción (le cierra ventanitas), homogeneiza, en flagrante perversión, los relatos posibles de las expectativas. La capitalización monetaria es el eje de la experiencia obvia.
Por supuesto que es milimétrico, no se trata de una oferta de un palo verde por el alma propia, pero sí de una danza permanente de simulaciones de vidas hechas, satisfechas, siempre solucionadas desde la priorización monetaria; sí tengo un asedio publicitario constante –porque el mal no existe pero tiene agentes y sobre todo agentes publicitarios- que insiste en que entre todo lo que ofrece el mercado y yo, hay una distancia que mide mi posición en el mundo. ¿Cómo no va, esta perversión de las imágenes de vida desde las que se hace lo que se hace, a alterar el ánimo colectivo? En ese sentido, como dice Juan Sodo, nada más precario que la abundancia.
Odiar la vidaEs frente a esa danza de simulacros de vidas hechas que Diego Sztulwark cuenta que su amigo catalán Santiago López Petit propone enfrentarse. La llama capitalismo terapéutico, en tanto y en cuanto nos compele, nos exige, tener una vida. Vos, él, yo, cada uno tiene que armarse una vida. Y se presume en silencio que entonces todo malestar puede resolverse hacia adentro de tu vida.
Para que esas vidas sean posibles, señala Diego, hay un gran repertorio de tecnologías disponibles, desde banda ancha hasta el delivery de comidas hechas y los centros de yoga. Materialidades que permiten gestionarse como pieza eficaz en los circuitos productivos que componen lo que llamamos el mercado. Pilares de una autogestión de la propia vida para circuitos ajenos; herramientas de la autoexplotación. En términos de Petit, soportes de la movilización total de la vida por lo obvio. Por eso proclama esta consigna: es preciso odiar tu vida. Porque en estas condiciones, nada menos tuyo que tu vida. Parecido a un graffiti, cruel pero sosegador, que vimos en Rosario, en la pared de un banco: decía enorme en aerosol: “TU VIDA ES UNA MIERDA”. Odiar tu vida, para poder salvar tus recursos de la orientación mercader, reabriendo la locura posible de sus usos.